sábado, 30 de agosto de 2008

GLOBALIZACIÓN, CIUDAD Y TRAGEDIA URBANA. REFLEXIONES

Prof. Dr. Arq. Wiley Ludeña Urquizo

1.1. COTA INICIAL

En tiempos de globalización, la diferencia entre el casino global en el que viene convirtiéndose el planeta y un casino ordinario es que este proceso afecta inclusive a los que no juegan. Pero la realidad siempre va mucho más lejos de ella misma y de esta constatación hecha por Oswaldo De Rivero, en ese descarnado y escalofriante panorama mundial que dibuja su libro El mito del desarrollo. Los países inviables en el siglo XXI. En realidad, este casino global afecta no sólo a los que nunca tienen la oportunidad de ser timados en un casino real, sino mucho más a los que incluso ni siquiera conocen uno.

A pesar del optimismo de los que viven en bienestar y controlan el funcionamiento del planeta, y mucho más a pesar de los millones de habitantes pobres que hoy padecen vivir en la tierra, la globalización se ha convertido hoy en una especie de condición extendida de la vida contemporánea, de la cual nadie parecería poder sentirse al margen. Ser ciudadano globalizado o no globalizado resulta, a estas alturas, casi un dilema desafortunadamente improductivo en su resolución.

Para ser ciudadano globalizado o para transformar una ciudad en una ciudad global no se requiere, lógicamente, de registrar las cotas elevadas de productividad y desarrollo conectado con redes globales, como tampoco de registrar los síntomas obvios de aquella Global City descrita con lecturas distintas por Peter Hall, Saskia Sassen, Manuel Castells o David Harvey, entre muchos. Los síntomas de la globalización se presentan por igual, al mismo tiempo, como gloria o tragedia. Aparecen a la par como anorexia hedonizada o cuerpo famélico devastado por el hambre. O como muerte cinematográfica o guerra real convertida en espectáculo universal. Aquí, para decirlo en términos de Marc Augé, esa “sobre modernidad”, con sus excesos de tiempo, espacio y de referencias individuales que no conocen límite alguno, aparece como una sobredosis de modernidad que no omite intersticios para filtrar su efecto. Estos excesos son los nuevos límites del mundo. Nadie se salva.

Las Argentina del 2002, con la peor crisis económico-financiera de su historia, nos enfrentan a un contrapunto paradójico entre los límites del deseo y la realidad, entre los contornos de la figura y el fondo verdadero de las cosas. La Buenos Aires desregulada, ultraliberal e hipercosmopolita había ingresado al siglo XXI sintiéndose a un paso de su bautizo oficial como una bullente ciudad global. Todos los indicadores parecían avalar este hecho. Buenos Aires iba a transformarse en tal cosa por el mérito de situarse prácticamente bajo el umbral del “primer mundo”, como alguna vez había ofrecido el presidente Menem. Lo que hizo esa especie de crisis económica anunciada, que hoy devasta el tejido social y convierte de la noche a la mañana a más de la mitad de los argentinos en pobres crónicos, fue cumplir escrupulosamente con esa aspiración: convertir a Buenos Aires en una auténtica Global City.

En este caso, lo que sucede es que el camino seguido para lograr tal objetivo o condición fue aquel único modo como consiguen conectarse con el mundo los países del llamado Tercer Mundo: por la puerta de los efectos y no por la de las causas, por el escenario de las catástrofes y no el de los beneficios. Tal como otros países de América Latina, Asia o África ingresaron a la modernidad desde fines del siglo XIX, asimismo Buenos Aires se hizo súbitamente una versión de ciudad global no por causa de los Puertos Madero o los emprendimientos neorrománticos como el de Mar Delta y los cientos de ´countries´ y shoppings ejecutados con dineros de Soros y otros especuladores globales, sino cuando la miseria larvada se convirtió en el paisaje real de la ciudad. Los pobres resultaron ser más efectivos para convertir rápidamente a Buenos Aires en una auténtica ciudad global emergente. La metrópoli de Gardel hubo de ingresar, así, por el lado más ominoso de la posmodernidad tardo capitalista, a los escenarios definidos por esta difusa ciudad global. Buenos Aires se convierte en una urbe de este tipo por los efectos y no por las causas que la originan: es el modo estructural de ser ciudad global de las ciudades tercermundistas, si las entendemos no como productos finales sino como procesos complejos de ser ciudad. Es la manera de cómo las lógicas locales de la miseria y las desigualdades se entroncan con la lógica de las redes globales que la alimentan.

Pero esta historia de paradojas no es privativa de Buenos Aires. Es la suerte que está en el origen mismo de las sociedades y ciudades latinoamericanas. El caso peruano es un buen ejemplo.

En el Perú se ha tenido “industrialización” sin industrias. Urbanización de la sociedad sin mundo urbano. Ahora tenemos globalización de las urbes sin “ciudades globales”. Y éstas no son simples desencuentros que atentan contra la lógica de las cosas: es el modo contradictorio y complejo de cómo nuestras sociedades experimentan el mundo contemporáneo.

En esta inversión estructural de causalidades y efectos, como es sabido, en nuestros países y ciudades no sólo se reproducen primero las formas sin los contenidos correspondientes o se adopta el estilo antes que la vocación. Aquí, como siempre ha sucedido, se importan primero los problemas y casi nunca las soluciones. De este modo, por ejemplo, mucho antes de que se iniciara la primera etapa de industrialización en el Perú, la ciudad de Lima registraba ya en su haber -sin siquiera mostrar los humos de alguna fábrica- un cuadro social e higiénicamente dantesco, peor que el de Londres y París en los años más duros de la revolución industrial. Entonces Lima ya había sido asolada por dos terribles pestes, la de la fiebre amarilla de 1868 y la de la peste bubónica de 1903, con un número de víctimas que hoy equivaldrían proporcionalmente a la muerte de más de un millón de personas. Es decir, la urbanización de la sociedad peruana, o el ingreso de ésta a los tiempos el lado más cruel y ominoso de la modernidad capitalista. La situación no se ha alterado en absoluto en estos tiempos pos-posmodernos de expansión tardo capitalista.

En rigurosa coherencia con esta lógica histórica, la Lima de inicio del siglo XXI también se hace ´Global City´, como acaba de revelarse Buenos Aires y antes la Yakarta de Suharto: es decir, a través de los signos de aquello que se produce con eficientes criterios globales: la corrupción transnacional, la miseria globalizada y la persistencia del único -parece ser- ‘exitoso’ negocio mundializado que produce la región andina de América Latina: el comercio de la cocaína.

Si la crisis Argentina terminó por acelerar la transformación de Buenos Aires en una ciudad global realmente existente, la hedionda mega red de corrupción dirigida por Fujimori y su socio Vladimiro Montesinos hizo lo mismo con Lima: convertirla súbitamente en una ciudad global, en un auténtico nodo metropolitano de redes locales articuladas estrechamente a redes globales económico-financieras de propósitos inconfesables. De pronto, tras el desmoronamiento del fujimorismo, los limeños descubrieron que bajo la radical reestructuración neoliberal de la economía emprendida en los años noventa, se habían convertido -obviamente, sin proponérselo- en activos ciudadanos del mundo bajo una increíble malla de contactos, transferencias millonarias de dinero, corporaciones transnacionales, personajes cosmopolitas, países y ciudades de los cinco continentes hasta entonces ausentes del imaginario nacional. Hoy, todos los peruanos aparecen familiarizados con el carácter globalizado del negocio de los banqueros, los lavadores de dinero, testaferros y mafias mundializadas de drogas y armas. Conocen casi con familiaridad los nombres de paraísos financieros del Caribe y del Asia, de bancos suizos o japoneses, de negocios con corporaciones rusas y tailandesas, así como saben de guerras fabricadas y crisis financieras artificiales. Han descubierto -desde el obrero que construía la casa de Montesinos con dinero provenientes de las Bahamas o el simple suboficial de la policía que debía traficar y negociar la venta de armas entre Nueva York, Rabat y Bogotá- que no se necesita ser japonés o francés para ser también una de las partes del tejido global que supone el funcionamiento especulativo de aquello que Anthony Giddens llama la nueva economía electrónica global. Descubrimiento que comprueba en los hechos las diversas particularidades y rostros (para el caso podría resultar igual el rostro del fundador de un banco o del hurtador de éste, a decir de Bertolt Brecht), que puede adoptar en el mundo la intercepción entre las redes de lo global y local.

Lógicamente, el modo latinoamericano o marginalizado de ser ciudad global no se reduce tan sólo a la faz negra de una ciudad miserable y corrupta en estado permanente. Esta ciudad se nos revela a veces como increíbles paradojas: edificios consumadamente posmodernos -como algunos de los que hay en el emporio informal Gamarra- en medio de la típica basura tercermundista hurgada por mendigos sin comer. O cabinas informáticas comunicándose con el mundo en medio del seco y polvoriento arenal de muchas barriadas limeñas. Un nuevo barrio financiero de edificios inteligentes y yuppies que compran el mundo parados en una esquina con aroma de anticuchos y fritanguitas populares. O campesinos ayacuchanos ingresando en quechua al ciberespacio como nuevos invasores y constructores. Lo cierto es que aquella ciudad global tercermundista saturada de imágenes, mezcla de metrópolis sistémicas o de banqueros negociando la suerte del mundo, resulta lo que es porque precisamente se nutre de una especie de Global barriada, una ciudad barriada o ciudad favela global. Así como se globaliza el liberalismo, así también se globaliza la miseria y sus ciudades para convertirse en una sola entidad urbana de múltiples estructuras y rostros diferenciados.

Probamente la corrupción transnacional, el carácter global del negocio del narcotráfico o los crecientes índices de pobreza como producto de las reestructuraciones neoliberales, sean los factores que han contribuido a que nuestras metrópolis se hayan convertido de improviso en una especie de ciudades globales de facto. El problema no reside en recusar este hecho de por sí incuestionable y que existe a pesar de la voluntad de los individuos. Las dificultades aparecen al momento de dilucidar las posibilidades de existencia entre esta ciudad global de facto (miserable y corrupta), inadmisible desde el punto de vista humano, ético y ecológico, y la serie de otras posibilidades de ser una ciudad global.

¿Cómo abordar el tema de las ciudades globales en medio de países que ya ni siquiera pueden ser definidos como países en vías de desarrollo, sino países en vías de permanente subdesarrollo? ¿Cómo entender a una ciudad que nominalmente se encuentra en vías de globalización junto a esta lógica del no desarrollo? ¿Cómo es posible que una ciudad que se desarrolla para no desarrollarse pueda convertirse en un sujeto de globalización? Paradojas: ahí están Nairobi, Lima, Lagos, Bogotá, Dakar o Nueva Delhi, entre otras metrópolis, para validarlas.

En algunas circunstancias podría resultar hasta una ironía intolerable hablar de globalización en medio de un escenario de pobreza extendida y atraso secular. Sobre todo si se piensa -como sostienen algunos- que sólo se puede empezar a hablar de globalización en realidades donde el ingreso per cápita se encuentra por encima de los 10 mil dólares.

¿Es posible referirse a la existencia de una ciudad global en un país inserto de manera defectiva y arcaica en la nueva economía global, con una base atrasada de exportación de bienes primarios, con un bajo contenido tecnológico, sin servicios internacionales competitivos y con una posición estratégica regional cada vez más debilitada? ¿Es posible hablar de la emergencia de una pujante ciudad global en medio de una disfuncionalidad estructural entre país, Estado-nación y ciudad, y en medio de la más extensiva miseria y el no desarrollo? ¿Es posible hablar de ciudades globales viables en países estructuralmente inviables?

Identificar de manera excluyente globalización con una cierta condición de desarrollo representa, obviamente, observar el fenómeno sólo desde uno de sus lados: la faz deslumbrante del éxito de muchos negocios globales y la fascinación cultural que produce observar las nuevas tecnologías diluyen, en un gran escenario global, el espacio y los tiempos reales. Ésta es la globalización que producen y consumen básicamente un selecto grupo de países del hemisferio norte, Japón y los llamados Newly Industrialized Countries (NICs), Corea del Sur, Singapur, Taiwán y Hong Kong. Pero no es una globalización fomentada formalmente por los Estados-Nación del capitalismo desarrollado. Es la globalización emprendida por esas 38 mil empresas transnacionales y sus subsidiarias que controlan los dos tercios del comercio mundial y por esas 86 mega corporaciones transnacionales cuyas ventas superan por sí solas el valor de las exportaciones de la gran mayoría de países del planeta.

Es una globalización con nombre y apellido. No es un fenómeno abstracto, ideológicamente aséptico y culturalmente indeterminado. La globalización que hoy domina al mundo es una globalización sujeta a los intereses del modelo económico neoliberal y de la expansión económica, política, cultural y militar de los EE.UU. Anthony Giddens diría que es un fenómeno “...dirigido por Occidente (y) lleva la fuerte impronta del poder político y económico estadounidense”. En ese orden.

Es una globalización que se autogenera asimisma en medio de un excluyente círculo virtuoso. Por el que la inversión directa de las corporaciones trasnacionales al ser siempre cada vez más selectas y exigentes desde el punto de vista de la tecnología se encuentra en la necesidad de dirigirse siempre a los países que ofrecen un alto desarrollo económico y tecnológico. El 70% de la inversión trasnacional y la masa crítica de inversiones se dirige y concentra alimentando este círculo inevitable en las tres regiones base de la economía global: EE.UU. la Unión Europea y Japón).

La otra faz de la globalización se constituye de la miseria cada vez más extendida en más de 150 países del planeta, en los cuales más del 40% de la población se encuentra en condiciones de pobreza, viviendo con un poco más de dos dólares diarios, que no participan en el mercado nacional o global, con tasas explosivas de crecimiento urbano y Estados precarios en permanente cuestionamiento y crisis de gobernabilidad. Es la situación actual de casi cuatro millones de habitantes del planeta, repartidos en países de América Latina, Asia y principalmente África. Aquí se encuentra concentrada aquella realidad escalofriante que Oswaldo de Rivero denomina como las “economías nacionales inviables” (ENIs) y las “entidades caóticas ingobernables”, como es el caso de muchos países del África.

Estas dos realidades diferenciadas, que se hacen cada vez más antagónicas, sólo pueden ser explicadas en su propia naturaleza por el carácter que ha adoptado no el proceso de globalización en general, sino un determinado proceso de globalización. Y este proceso es el impulsado por las políticas librecambistas y ese neoliberalismo radical (de doble moral) legitimado desde los años noventa por el llamado “Consenso de Washington”, en virtud del cual los EE.UU., el FMI, el Banco Mundial y los intereses transnacionales proponen (y exigen) para el mundo, entre otras cosas, una economía privatizada, un mercado totalmente liberalizado, sin regulaciones externas a las leyes ‘naturales’ del propio mercado y con una estructura flexible del empleo, entre otras medidas. Ésta es la globalización neoliberal, darwiniana y ‘americana’, que domina el actual proceso de mundialización. Esta globalización ha convertido el planeta en un gigantesco casino financiero hiperespeculativo, que afecta a todos sin exclusión.

Se trata de una globalización excluyente por naturaleza, desmaterializada en sus mecanismos de acumulación del capital, desconectada de la industria, imposibilitada de crear empleo y estructuralmente incapacitada de mantener la sostenibilidad ecológica del planeta. Por ello, no es sólo una globalización de los procesos económicos o culturales que aboga por una economía y sociedad de mercado. Se trata de una globalización de los intercambios que resulta básicamente una “globalización ecológica”, como diría Paul Virilio.

Nadie puede negar los aspectos positivos de la globalización. Éstos son una realidad. El tema de la globalización de los derechos humanos, el incremento de los intercambios interculturales, el uso de tecnologías que amplían globalmente el conocimiento, entre otros aspectos, son beneficios concretos. Lo que está en cuestión es la orientación específica que ha adoptado el proceso de globalización que domina hoy el planeta. Proceso que tiene dentro de sí contradicciones de difícil resolución, como la contradicción entre explosión demográfica y recursos disponibles, entre revolución tecnológica y creciente desempleo, entre economía de exportación de materias primas y la desterritorialización de las unidades productivas, entre patrones globales de consumo depredadores del ambiente y las crisis ecológicas globales.

¿Cómo resolver el problema entre una economía global que se basa cada vez más en el uso intensivo de tecnologías que prescinden del uso de mano de obra intensiva, si hoy en el mundo existen cerca de 700 millones de desempleados o subempleados y el mercado global puede ofrecer apenas pocos puestos de trabajo a los 38 millones de personas que buscan anualmente un empleo? Hoy es casi imposible y lo será aún más con las tecnologías de futuro y el régimen ultraliberal darwiniano. ¿Cómo evitar la pobreza e inviabilidad de la gran mayoría de países del planeta que sólo viven de exportar sus materias primas, y una economía global que requiere para reproducirse cada vez menos de éstas? Algunas cifras al respecto: mientras que la demanda de manufacturas y productos que usan poca materia prima crecerá en un 15% anual, la demanda mundial promedio de materias primas crecerá apenas un 2% anual, con una tendencia permanente a su disminución.

¿Cómo hacer viable un planeta si la economía global tal cual requiere más consumidores y sólo cuenta de los cerca de 6 mil millones de habitantes con apenas 1800 millones de habitantes dispuestos a comprar productos y servicios globales, de los cuales apenas cerca de 900 millones -como nos advierte De Rivero- alcanzan el selecto grupo de ser sujetos elegibles de tarjetas de crédito internacional?

¿Cómo promover una globalización de intercambios sin restricciones con la movilidad sin restricciones de la mano de obra? ¿Cómo fomentar una globalización de la democracia y las libertades civiles si los factótum del neoliberalismo necesitan para globalizarse reestructuraciones económicas mediante sistemas dictatoriales, seudodemocráticos y abiertamente autoritarios, como son el caso de Pinochet, Fujimori o Menem?

A menos que se cambie radicalmente de modelo de globalización, lo que tendremos dentro de unos 20 años será un cuadro dramático de exclusión y contrastes sociales, miseria global y permanentes catástrofes ecológicas o humanas. Según los informes del Programa de Naciones Unidades para el Desarrollo, de los 8 millones de habitantes que tendrá el planeta en el año 2020, el 82.5% vivirá en los países subdesarrollados. Y más del 50% de esta población se encontrará en condiciones de pobreza. Unos 840 millones de habitantes se encontrarán bajo el umbral de la pobreza extrema. Asimismo, 2500 millones de personas carecerán de una vivienda apropiada, mientras que una cifra casi similar no tendrá acceso a los servicios de electricidad, agua y desagüe. El paisaje urbano del futuro está perfectamente delineado: en pocos años, como nos lo vuelven a recordar autores como Oswaldo De Rivero y diversos informas oficiales, el 70% de la población del planeta vivirá en 550 ciudades de más de un millón de habitantes y en 20 megalópolis de más de 10 millones, todas ellas extensiones cada vez más sombrías y miserables de muchas de las actuales metrópolis latinoamericanas o asiáticas. Lima puede ser un buen adelanto de este sombrío paisaje del futuro.

Es difícil negar que en este panorama del futuro no haya algo de una visión catastrófica. Pero tampoco existe razón alguna para suscribir aquel discurso utópico o ficcional que identifica futuro con felicidad consumada, con ausencia de problemas y de conflictos, y en donde la tecnología perfecta podría hacer casi prescindible al hombre mismo. Posiblemente el futuro para los países denominados en vías de desarrollo esté más cerca de este sombrío panorama económico, social y ecológico. Por consiguiente, más cerca -en clave tercermundista- de ese futuro pintado por gentes como John Brunner o William Gibson, en su Neuromante poblada de cíberpunks y espacios indescifrables. O del Brazil de Terry Gilliam. O del ya clásico Blade Runner y esas imágenes del ambulante (de ésos que ya caminan por Lima o Río de Janeiro) vendiendo pescados o baratijas delante de una parafernalia informática.

Se trata de un futuro seguramente más negro que gris, inestable, sombrío y dominado por la pugna entre las grandes megacorporaciones o los países tribalizados. Mundo en el que pueden convivir la fría estética del silicio y la luminosidad del láser con el gesto y la imagen barroca de algún retablo religioso del artesano López Antay, o la basura de un cebiche limeño no bien hecho y las esteras miserables de una invasión urbana.

La Global City que se ha constituido y se desarrolla hoy no es sólo una ciudad de ricos. En los países y las ciudades que hoy se precian de ser tales, existen más de 100 millones de pobres. Esta ciudad global es también una ciudad que en los límites de su propia virtualidad reproduce la topografía social de las ciudades reales. La ciudad global tiene también sus propios barrios pobres, sus propios espacios marginales, sus enclaves xenofóbicos o sus barriadas espontáneas. Tal vez esta ciudad global del futuro -para el caso de muchos países latinoamericanos, africanos o asiáticos al borde de la inviabilidad crónica-, esté más cerca de ser una Global Barriada, que una ciudad impecable lejos de todo vestigio de miseria humana. Lima como cualquier otra metrópoli de la misma naturaleza puede ser una especie de hipótesis adelantada de algunos paisajes urbanos del futuro, pero que lo que hacen paradójicamente es retrotraernos a una historia que creímos ya superada. Avanzar para no avanzar. Una especie de Working Poor que trabajan para hacerse más pobre. El futuro como retorno al pasado. Algo cercano a aquello que David Barkin califica como la perspectiva de una “decadencia acumulativa”.

En el análisis de los ‘efectos’ de la globalización en el territorio y las ciudades se describen prioritariamente patologías obvias, concebidas, en la mayoría de los casos, como fenómenos de reciente origen. Lo cierto es que muchos de estos fenómenos tienen que ver con los rasgos estructurales que las sociedades como la peruana registran desde los años mismos de su constitución republicana a inicios del siglo XIX. No aparecen como consecuencia de la expansión total de las redes globales. Tampoco podría ser así toda vez que el planeta ha experimentado, desde hace más de 500 años, distintos momentos de globalización. Lo que sucede es que la globalización de hoy, con su lógica neoliberal y darwiniana de exclusión, no tiene más efecto que acentuar y empeorar los rasgos históricos de pobreza y precariedad de muchos países, tanto así que las actuales tendencias de tribalización, ingobernabilidad o incremento de la pobreza representan una dramática vuelta en 200 años a los orígenes mismos de las entonces precarias, tribalizadas y pauperizadas repúblicas que nacían en América Latina. Todo parece una película que se proyecta al revés.

Por lo pronto, Lima ya no es una metrópoli con algunas barriadas que la circundan, como sucedía hasta hace unos 25 años. Hoy, se parece más a una auténtica megabarriada con algunas porciones de ciudad formal: en la actualidad más del 50% de su población habita en los espacios difusos de la ciudad informal y/o barrial. Y sus indicadores de pobreza se acercan cada vez más a aquellos consignados a fines del siglo XIX.

Así como en el siglo XIX la ciudad ideada por los presidentes José Balta (1868-1872) y Nicolás de Piérola (1895-1899) podía funcionar como un auténtico y entusiasta futurible de una Lima moderna en términos urbanísticos, el advenimiento de la modernidad capitalista realmente existente se hizo presente como un dramático preanuncio de lo que vendría después. Entonces, lo único que podía calificarse como fenómeno auténticamente moderno fueron -como ya ha sido escrito- las deplorables condiciones de vida de la población de Lima. Condiciones que, lejos de ser superadas y mejoradas, terminaron por agravarse aún más durante el siglo XX. Lima se ha desarrollado para ser menos desarrollada.

Pero ésta no es la única señal. En este extraño juego de espejos invertidos que nos depara la globalización, o de películas que discurren inevitablemente al revés, al finalizar el siglo XX se habla hoy que las ciudades del Perú registran un fenómeno de progresiva ‘ruralización’. ¿Es una broma cruel del campo para evidenciar el sentido de la precaria urbanización del país? ¿Es el triunfo del milenarismo agrario frente a un débil y fragmentado imaginario urbano?

El fenómeno de ‘ruralización’ es el otro rostro del mismo proceso de urbanización defectiva acentuado en sus rasgos defectivos por la globalización. Este fenómeno existe en ciertos aspectos como también existe una, parece, indetenible ‘barriadización’ de la ciudad peruana. A decir verdad, el imaginario rural en el sentido tradicional no sólo no ha desaparecido, sino que ha terminado por imponer su vigencia. La razón: que este imaginario no pudo ser destruido en razón de una urbanización industrializada que jamás llegó al campo y porque las ideologías de lo urbano jamás se convirtieron en el Perú en ideologías dominantes.

El migrante peruano hizo ciudad en medio de una actitud ambivalente: odiando y amando la ciudad y el campo al mismo tiempo. La ciudad sin ciudad y el campo sin futuro. El resultado: una ciudad culposa y culpabilizada de las múltiples tragedias individuales, familiares y nacionales. Y el campo: un referente de evocaciones sin salida. Por ello, la ‘ruralización’ del Perú no es una nueva fase en el proceso de urbanización: se trata de una manifestación previsible en un país que nunca se urbanizó realmente, como que el campo estuvo lejos de cualquier forma de modernización industrial.

El siglo XXI se inicia en el Perú con ciudades en proceso de dejar de ser ciudad. ¿Un viaje al siglo XIX peruano en medio de las actuales perplejidades globalizadas del país?

1.2 LIMA Y GLOBALIZACIÓN

El 28 de diciembre de 1835, a casi 15 años de lograda la independencia del Perú, el conocido bandolero León Escobar invadió el centro de Lima y se hizo del sillón presidencial por unos días, sin problema alguno. Lima era tierra de nadie. Una ciudad deslegitimada como tal en medio de una catastrófica situación económica y material. El mundo urbano peruano era apenas una referencia casi prescindible: vivir en el campo casi significaba lo mismo que vivir en la ciudad. El campamento de la hacienda costera Casa Grande, un enclave alemán azucarero de fines del siglo XIX, con la cosmopolita arquitectura de Luis G. Albrecht o el falansterio andino de Clorinda Matto de Turner, seguramente tenían más de vida urbana que cualquier otra ciudad peruana. Pequeños enclaves globalizados.

La ciudad y el mundo urbano como focos de atracción poblacional y espectáculo fascinante, para propios y extraños, resulta entre los peruanos apenas una invención del último cuarto del siglo XIX. La dupla formada por Luis Sada y Enrique Meiggs, con la ayuda de los presidentes José Balta y Nicolás de Piérola, dotados ambos de una excepcional sensibilidad urbanística, inventaron el mito de las luces y la ciudad: derribaron murallas, construyeron el Palacio de la Exposición, crearon el primer parque urbano y mistificaron la suburbia frente a un asfixiante centro urbano. Lima podía ser un pedazo del París de Haussmann. Pero se trataba más de una ciudad escenográfica que real. Había ciudad sin ciudad. Por ello es que en medio de cierto desenfado cosmopolita, alimentado por las pestilencias del negocio guanero de mediados del siglo XIX, la capital seguía siendo, hasta mediados del siglo XX, una especie de hortus clausus, casi una ciudad-barrio de apellidos conocidos, cuyos limites terminaban donde lo hacían las crónicas de Ricardo Palma y José Gálvez.

A casi 150 años de esta primera imagen republicana de Lima, la capital peruana se ha transformado -como se suele calificar en el Perú- en una auténtica metrópoli chicha. Y hoy, con sus cerca de 8 millones de habitantes, experimenta una acelerada transformación de sus estructuras, cuyas causas distan mucho hoy de las preocupaciones de la primera república por instalar un orden compatible con preocupaciones estéticas y morales, dispuestas en la oposición civilización-barbarie. Hoy lo que se necesita más bien es desenredar el orden que encarna una nueva realidad dominada por la aceleración de los cambios, los síntomas de la ingobernabilidad, la expansión urbana difusa, la emergencia de los no lugares o la aparición de nuevas formas de escisión social y cultural. Es la Lima de los tiempos de globalización neoliberal.

La ciudad (y, obviamente, Lima) se ha convertido en uno de los escenarios casi excluyentes que sirven para ponderar y/o validar la magnitud y características del actual proceso globalizador. A más fortalecimiento de las entidades urbanas y menor vigencia de los Estados-Nación, casi podría augurarse un mayor grado de articulación de un país con la economía global. Ante la aparentemente inexorable disolución o cuestionamiento de los Estados-Nación a causa del peso creciente que va adquiriendo el funcionamiento de las entidades corporativas transnacionales, las ciudades adquieren cada vez más mayor importancia y peso estratégico, como nodos de concentración e irradiación de las redes globales. La desterritorialización de los espacios de acumulación de la riqueza y la necesidad de concentración de servicios globales, contribuye igualmente en esta dirección: el fortalecimiento creciente de las entidades urbanas del planeta sobre territorios delimitados por una idea cada vez más difusa de Estado-nación. Una posmoderna Edad Media tardocapitalista.

En un sentido general, no existe hoy ciudad grande o pequeña que no se encuentre inmersa dentro de la lógica de globalización que cubre todo el planeta. Incluso en el acto de oponerse a tal lógica se admite su presencia no certificada. La globalización -como todo proceso de internacionalización de relaciones regido por la expansión del poder global- no pide permiso: ingresa sin mediaciones por cualquier intersticio urbano. Sin embargo, en un sentido especifico, no resulta tan sencillo afirmar de manera concluyente qué ciudad (o ciudades) registran las señales de aquello que hoy se conoce como Global City. Si bien existe una serie de múltiples indicadores para cualificar el ‘nivel de desarrollo’ de una ciudad de cara a cualificarla como tal, estos indicadores acusan hoy todavía una serie de carencias en cuanto se refiere a su uso consensual.

Junto a la idea postulada por Saskia Sassen de ciudad global como espacio que concentra no sólo un conjunto vasto de empresas o firmas lideres de la new economy y las actividades de intercambio que se producen entre ellas y el mundo, sino también específicamente aquellas funciones e instituciones corporativas de comando (o controlar) de la economía mundial. Junto a esta idea también existen planteamientos como el de Peter Hall, que concibe una ciudad global como un fenómeno histórico que experimenta una existencia compleja en el tiempo que reconoce, entre otros fenómenos, la desaparición del sector manufacturero, el crecimiento del sector del procesamiento de la información y la preeminencia del sector del sector terciario avanzado. A esta idea Doreen Massey incorpora la dimensión de las relaciones entre lo global y local como construcción social e histórica de la ciudad global. Esta perspectiva pone en cuestión la idea de una ciudad global unitaria, abstracta y concebida bajo una sola forma de existencia. Manuel Castells, en cambio, propone su visión desde el funcionamiento de las redes y flujos de información como producto del modo informacional de desarrollo (tecnológica y organizativa) y la reestructuración del capitalismo.

Todas estas nociones aluden a una especie de definición taxativa de ciudad global, que reduce su dominio de referencia a un conjunto restrictivo de circunstancias y atributos no generalizables. John Friedmann, para salvar el impasse que supone una definición excluyente, propone, como otros, una doble acepción. Una primera: como ciudad global se debe considerar a toda ciudad que posee un rol determinado en el comando de la economía mundial, además de una serie de otros atributos. Y, la segunda, una especie de definición en sentido amplio: se debe considerar como ciudad global a toda ciudad que de una u otra forma participa del sistema global.

¿Cómo entender a esta Lima de inicios del siglo XXI, que se globaliza posiblemente a pesar de ella misma? ¿Cómo estudiarla en medio de un país de urbanización defectiva e institucionalidad precaria? ¿Cómo entender el centralismo limeño en medio de un débil y poco legitimado Estado-Nación? ¿Es posible hablar de transformaciones urbanas producidas por el impacto de redes globales en un medio en el que parece primar un imaginario antiurbano?

El escenario en el que surge y se desarrolla esta Lima es el producto de un país que, como el Perú, se ha convertido -al menos estadísticamente-, en menos de cincuenta años, en un país urbano casi con los mismos índices que registran hoy Francia o Alemania, sin ser, obviamente, como estos países. Si en 1940 el 73.1% y el 26.9% de la población eran rural y urbana, respectivamente, estos porcentajes empezarían a invertirse cuando en 1961 se comprobó que la población rural había disminuido al 59.9%. Al finalizar el siglo XX la situación se tornó rigurosamente inversa a la del cuarenta: la población urbana representaba el 70,1%, y la rural, el 29,9%. Los cambios han sido profundos. Hoy, la tercera parte de la población está concentrada en Lima y más de la mitad habita en la costa. Hace cincuenta años el Perú era un país serrano-rural. Hoy es un país urbano-costeño, con todo lo que ello significa en términos sociales, económicos, culturales y ambientales.

Lima también es producto de una urbanización defectiva que ha producido una red de ciudades precarias y carentes de servicios: ciudades sin ciudad. Según el censo de 1993, únicamente el 11% vive en ciudades consolidadas y el 20% de la población peruana habita en las conocidas barriadas. En este contexto, el 37% de las viviendas particulares en el ámbito nacional carece de servicios higiénicos; en las zonas rurales este porcentaje es del 74,4%. Y sólo el 43% de las viviendas particulares poseen conexión de agua potable. El 45,1% de las viviendas carecen de electricidad. Y el 30% de las viviendas particulares o son inadecuadas o registran cuadros de hacinamiento. Seguramente, estas cifras no han sufrido grandes alteraciones desde el último censo oficial. En este contexto, Lima no es sólo la capital del Perú, sino que ella es el epicentro de un sistema urbano hipercentralizado. Según estimaciones del INEI, Lima contribuye hoy con más del 53% al PBI. Concentra casi el 56% de lo que resta de la actividad manufacturera del país y cerca del 83% de los depósitos efectuados en el sistema financiero.


La Lima del 2002 cuenta hoy -según estimaciones del INEI- con una población estimada de siete millones 775 mil habitantes, mientras que su área bordea los casi tres mil kilómetros cuadrados. Si bien los índices de pobreza y de extrema pobreza en Lima son menores a ese 49.8% de pobreza registrado en el ámbito nacional, los porcentajes para la capital peruana que corresponden al año 2000 son significativos: 23.3% de pobreza y 3.0% de pobreza extrema. Según estimaciones del INEI, en 1996 el 35% de la población de Lima habitaba en barriadas. Si a esta cifra se añade aquel 4% de la población que reside en el área central en condiciones de tugurización y deterioro físico, casi el 40% de la población de Lima habitaba una ciudad informal y casi miserable. En esta Lima el 48% del total de unidades de vivienda estaba construida con los típicos materiales de la más absoluta precariedad: adobe, quincha, esteras, techos de calamina, caña u hojas de palmeras y otros materiales inadecuados. Asimismo, del total de unidades de vivienda existentes, el 40% de éstas carecía de servicios de agua, el 42% de redes de desagüe, el 23% carece de electricidad y el 3,9% carece de todos los servicios.

El proceso de globalización no ha logrado corregir este cuadro de múltiples carencias. Por el contrario, alguno de estos rasgos ha adquirido hoy en medio (o por causa) de la globalización una lógica negativa de decadencia progresiva.

Éste es el marco de referencias que sirve de escenario al desarrollo de una Lima que en los noventa aplicaría un programa de reordenamiento neoliberal de la economía, la desregulación del Estado y la apertura al intercambio de las redes globales de la economía mundial. Sin embargo, este no es un programa de reordenamiento que tuviera una versión en términos de ciudad, más allá de la privatización de algunos servicios urbanos básicos. La Lima de los noventa es la versión de una ciudad que construye de manera informal y espontánea sus dimensiones de globalización. Esta Lima no es el producto de un modelo de desarrollo urbano previamente elaborado con miras a hacerla funcional al nuevo orden de la economía global. Ni mucho menos orientar su transformación con el objetivo de dotarle un rol estratégico en la red mundial de ciudades que comanda determinados procesos y servicios de carácter internacional. Tampoco se le habría ocurrido a alguien -en medio de las prioridades del diseño de una clandestina red de comando global de la mafia Fujimori-Montesinos- pensar en Lima como espacio de localización de centros de alto nivel de innovación, o servicios avanzados para el sector informacional y otros atributos de una ciudad global paradigmática.

Lima no es una ciudad global en el sentido de aquella clase de ciudad, centro o punto nodal al que le corresponde algún rol de comando en el desenvolvimiento de la economía mundial. Pero si es una ciudad global en el sentido de aquello que John Friedmann denomina como una clase de ciudad que de una u otra forma se encuentra integrada al sistema mundial.

El tema de los efectos de la globalización o de cómo las ciudades latinoamericanas se ven insertas en este proceso ha sido tema de numerosas investigaciones. Carlos A. De Mattos se ha ocupado en detalle del caso de la red urbana chilena. Jorge Lotero ha hecho lo mismo con el caso colombiano. El caso de Buenos Aires ha convocado numerosos estudios, entre ellos los de Pablo Ciccolella. Desafortunadamente, Lima no es una metrópoli que haya convocado aún estudios consistentes sobre este tópico. Así como la reestructuración neoliberal de la economía peruana no supuso la concepción de Lima como un proyecto de ciudad global en cierne, asimismo tampoco devino objeto de estudio e investigación desde esta perspectiva. Sin embargo, hay una excepción: el estudio pionero de Miriam Chion The Spatial Transformation of Newly Industrializing Metropolitan Regions in the Global Context: The Case of Metropolitan Lima in the 1990s. Otro trabajo que, si bien no tiene como propósito evaluar las transformaciones de Lima producidas por el impacto de las redes globales, resulta importante por el análisis del impacto de las nuevas tecnologías de la información en el ámbito de la ciudad barrial de la metrópoli limeña, es el estudio de Ana María Fernández Maldonado The Difusión and Use of Information and Communications Technologies in Lima, Perú.

Con las particularidades del caso, Lima ha experimentado en sentido análogo los mismos fenómenos que se produjeron en otras metrópolis sujetas a procesos de reordenamiento neoliberal y una mayor articulación con el funcionamiento de la economía global. Algunas evidencias: Lima registra hoy la casi total desaparición de su base industrial a costa de la expansión precarizada del sector de bienes servicios. Asimismo, se ha producido una nueva dinámica de relaciones entre la economía formal e informal. La aparición de nuevas centralidades alternativas al histórico centro de Lima. De la misma forma, experimenta un proceso de progresiva desterritorialización de algunas actividades productivas, lo que ha generado un incremento notable de movilidad económica y poblacional. Pero no son las únicas señales: la liberalización del negocio inmobiliario y las necesidades de expansión excluyente de la élite social limeña ha replanteado la tradicional y controlada oposición entre ciudad compacta y ciudad difusa, a través de nuevas y más radicales formas de exclusión socio-espacial. Con todo ello, este proceso defectivo de inserción global de Lima ha supuesto la aparición de nuevos personajes y de grupos sociales, y se ha desarrollado una nueva cultura de la diversidad que ha transformado aceleradamente la vida de los limeños.

Miriam Chion, quien aborda el caso de Lima a partir del estudio de la convergencia de redes globales y locales, sostiene que este fenómeno, aparte de desencadenar cambios en los procesos industriales y en las relaciones entre trabajadores e inversionistas, ha “contribuido a desdibujar las fronteras entre las economías formal e informal y a incrementar la diversidad social en los espacios de producción y consumo, al mismo tiempo que ha acentuado la segregación de las áreas residenciales”.

Existen algunas señales del paisaje urbano limeño que encarnan de modo visible los síntomas de la Lima neoliberal de los noventa. Son éstas -como gloria elusiva o tragedia urbana- las evidencias de los cambios operados durante este período. Al nacimiento de un nuevo barrio financiero en el exclusivo distrito de San Isidro le correspondería la decadencia y desaparición del corredor industrial de la avenida Argentina. A la urbanización descontrolada de los balnearios del sur por parte de la elite social le correspondería la acelerada degradación de muchas áreas de la ciudad consolidada. Con el nacimiento de grandes shoppings o centros comerciales se produjo una expansión de los campos feriales informales. En este contexto, la calle urbana como espacio público empieza a desaparecer como tal para ser reemplazada por una extensa red de autopistas que no hacen sino acentuar la segregación urbana.

A su modo, esta Lima globalizada registra en su paisaje, de manera incipiente o consolidada, los cuatro componentes básicos del paisaje hiperobjetualizado e inconexo de la ciudad global:

1) Urbanismo de barrios cerrados e hipercontrolados,

2) Centros comerciales, de esparcimiento y juego.

3) Preeminencia de las grandes autopistas,

4) Trabajo en los centros terciarios de comando urbano e internacional. A su modo, la metrópoli peruana registra también un encuentro particular de aquella oposición contemporánea definida por David Harvey entre modernidad fordista y el posmodernismo flexible tardo capitalista.

La aplicación radical del modelo neoliberal en la economía peruana se tradujo inicialmente en una serie de indicadores macroeconómicos que ratificarían los sorprendentes “éxitos” de la administración Fujimori. Luego de una crecimiento negativo acumulado de -23,4% entre 1988 y 1992, entre 1993 y 1996 el PBI registro un crecimiento acumulado de 32,1% con una tasa promedio anual de 7,2. Según estimaciones del INEI y CEPAL, en este segundo período, hasta el año de 1998 en que se inicia una fase recesiva, el Perú había liderado el crecimiento económico de la región.

En este marco uno de los sectores económicos más dinámicos y sobre el cual se apoyaría inicialmente la expansión económica liberal, fue el sector construcción. Mientras entre 1985 y 1989 la tasa de crecimiento acumulado fue apenas de 7.1 puntos con una tasa promedio anual de 1,4, la tasa acumulada en el período 1990-1997 fue de 86,9, con una tasa anual promedio de 12,4. Lima Metropolitana fue la que llegó a concentrar más del 50% de los cerca de 3100 millones de dólares de inversión producida en este sector productivo.

La Lima de la reestructuración neoliberal y articulación global -como otras ciudades latinoamericanas que experimentaron un proceso similar- empezó primero con tímidos cambios de piel hasta revelar modificaciones substanciales en su estructura interna. Aquí los cambios se dirigen desde el mundo elusivo de las apariencias hacia el mundo interior de las estructuras. Cambia primero la piel para luego mudar su esencia. Surgen primero las escenografías efímeras exaltando el consumo por el consumo mismo. Y luego continúa el segundo gran cambio de piel: aparecen los megaproyectos y la ciudad se privatiza bajo el enorme impacto de inversiones que ‘mueven’ la ciudad (o sus partes) en función de los nuevos intereses económicos y sociales. El final de este ciclo ya muchos lo conocen y padecen. Los ejemplos de la Buenos Aires en crisis y la Lima de Fujimori fugado en el Japón, son un extraordinario retrato.

http://www.manizales.unal.edu.co/investigaciones/invest.html

http://www.unalmed.edu.co/~lgs/#

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