lunes, 18 de agosto de 2008

MACHU PICCHU - HISTORIA

FEDERICO KAUFMANN DOIG


Testigo de un Proyecto de Ampliación de la Frontera Agraria

El presente estudio propone que Machu Picchu fue uno de los centros destinados a atender la administración de la producción agraria, construido en el Incario en el marco de un proyecto de ganar nuevas áreas de cultivo en los Andes Amazónicos. Y que igualmente se desempeñaba como sede del culto y de las ceremonias profesados al Dios del Agua y a la Diosa Tierra o Pachamama, la pareja divina de la que en un plano mágico dependían las cosechas. También ofrece una descripción sintética del complejo arquitectónico, e incluye una interpretación sobre el rol que debió cumplir el adoratorio conocido con el nombre de Intihuatana.

Sustento de la propuesta a partir de cuando los comestibles provenientes del cultivo de la tierra devinieron en fuente principal de sustento, esto es desde los pasos iniciales de la civilización ancestral peruana, hace unos cuatro mil años, los antiguos peruanos se vieron forzadas a librar una lucha denodada para cubrir la cuota de alimentos indispensable a la subsistencia. Esta problemática afloró originada por el crecimiento poblacional, desmesurado para un territorio como el andino donde campean adversidades que afectan la producción de los comestibles al ritmo exigido por el ascenso demográfico. Los azotes de la naturaleza se explican por la extrema limitación de los suelos aptos para el cultivo, pero sobre todo por las catástrofes climáticas recurrentes que desata el fenómeno de El Niño (ENSO) y que se manifiestan con especial énfasis en esta parte del mundo.

El desequilibrio ecológico en que se vivía, que llegaba a poner a prueba la existencia misma, al acarrear hambre y por ende mortandad, fue el agente que azuzó el ingenio y la creatividad dirigidos a superar la encrucijada. Por lo mismo, a fin de dominar los flagelos, los antiguos peruanos se vieron forzados a inventar y poner en marcha diversas estrategias. Las mismas no deben ser sólo aplaudidas por su eficacia, sino apreciadas también por cuanto representan los elementos que avivaron la llama de la civilización andina.

Las innovaciones desplegadas en materia del cultivo de la tierra, se expresan especialmente en la voluntad de ampliar la frontera agrícola. No tanto para que con las nuevas áreas ganadas se dispusiera de una ración más holgada de alimentos, sino para que ésta no fuera deficitaria y aumentara en proporción a la creciente demanda exigida por el sostenido aumento poblacional. Al compás de la denodada lucha impuesta por el medio, fueron transformadas en fértiles escarpadas y áridas laderas cordilleranas, mediante la construcción de andenes que las hacían cultivables. Por su parte los oasis fluviales que se ubican en la desértica faja costeña que baña el Pacífico, fueron ensanchados notablemente con obras de irrigación, sorprendentes como la que condujo a interconectar el valle de Moche con el de Chicama. Paralelamente fueron implementados otros recursos técnicos: el de los fertilizantes como el guano por ejemplo o aquellos referidos a la conservación por años de la carne y de las papas (patatas), que eran convertidas respectivamente en charqui y chuño; de resto se hizo de la laboriosidad uno de los principios morales más elevados.

Promovida por idénticos estímulos afloró también una compleja estructura socio-económica, cuya función principal era, igualmente, el implementar la producción de los comestibles; por lo mismo ésta nació como una estrategia agraria más. La sociedad estaba constituida básicamente por dos estamentos. El conformado por las multitudes, dedicadas a las faenas agrarias y de crianza de animales; y el de las elites gobernantes cuya misión era administrar e impulsar la producción de los comestibles, ocuparse de la planificación y control de una distribución equitativa de los comestibles, y el obtener excedentes para que, almacenados, permitieran contar con recursos para hacer frente a los desbalances del agro que sobrevenían en años aciagos.

En cuanto al estamento conformado por los súbditos, dedicados a las tareas del campo, en tiempos del Incario éstos eran obligados tarabajar denodadamente puesto que debían cumplir con la carga tributaria exigida de aportar al Estado las dos terceras partes de sus cosechas. Esta norma suele tenerse como abusiva, y lo sería si no se considerara que la porción de comestibles que consumían los especialistas en liderar la economía y con ello a la sociedad, era modesta después de todo si se le compara con la masa de excedentes que debían colmar los graneros: las collca(s) y tambo(s) cuyo contenido era destinado a su distribución en zonas azotadas por sequías o en las que por el contrario se presentaban catástrofes por exceso pluvial y que al afectar la producción hacían asomar el fantasma del hambre. Catástrofes como las citadas, desatadas por la naturaleza, anulaban todo esfuerzo humano destinado a lograr la ración de sustento indispensable a la vida. Por lo mismo, al producirse estos casos no quedaba otro recurso que no fuera el redoblar los rituales mágico-religiosos en honor de quien se suponía ejercitaba dominio sobre los fenómenos atmosféricos: una especie de Dios del Agua.

De lo expuesto se desprende que la lucha en procura de los comestibles, y la necesidad de que éstos fueran en aumento al ritmo exigido por crecimiento poblacional, debió ser el móvil que impulsó a que los soberanos incas “colonizaran” la zona de Vilcabamba, situada en los Andes Amazónicos próximos al Cuzco. Para el efecto debieron emplear la institución de la mitmaj, una estrategia que permitía el desplazamiento ordenado de grupos humanos. De haber sido este el caso, para la mentada proyección debió ser movilizado contingente humano del Cuzco, debido a la impronta puramente incaica que se percibe en Machu Picchu y en los otros centros arquitectónicos que se ubican en la comarca vilcabambina. El desplazamiento de los mitmaj(s) debió realizarse de modo planificado, en el marco de un ambicioso proyecto dirigido a ampliar la frontera agrícola. Tal vez en este contexto sea que debamos entender el porqué fue construido Machu Picchu, como también los demás complejos arquitectónicos del área que se levantan en las inmediaciones del tramo del “camino inca”, que luego de enrumbar desde Qoriwayrachina conduce a Machu Picchu. Nos referimos a Patallacta, Phuyupatamarka, Wiñaywayna, Intipata, etc.

Un impulso similar al que llevó a la “colonización” de Vilcabamba, pero que es de data anterior al Incario en varios siglos, debió ser aquel que condujo a que andinos se establecieran en sectores norteños de los Andes Amazónicos en tiempos Tiahuanaco-Huari o Wari, allá por el siglo VIII d.C. El impacto de orden ambiental así como el aislamiento relativo en que vivieron los inmigrantes cordilleranos al desmoronarse el orden estatal Tiahuanaco-Huari acentuado por la valla que representa el río Marañón que los fue apartando de las etnias hermanas asentadas en la región de los Andes Cordilleranos-, debieron ser los factores que determinaron a que en el transcurso de los siglos éstos modificaran su bagaje cultural importado y a que éste fuera sustituido por la modalidad de la civilización andina conocida como cultura Chachapoyas (Kauffmann Doig 1986b, 1996b).


Machu Picchu: Joya de la Arquitectura Inca

La joya de la arquitectura inca que es Machu Picchu, situada a 2365 msnm., emerge engastada en medio de un paisaje imponente caracterizado por una topografía abrupta cubierta de exuberante flora selvática. La conforman construcciones pétreas que se distribuyen armónicamente sobre una estrecha y desnivelada lomada, con barrancos que se precipitan por unos 400 m hasta alcanzar las rugientes aguas del Cañón del Urubamba.


Machu Picchu se traduce como “cumbre mayor”. Comoquiera alude a un accidente geográfico, esta toponimia no debe ser la denominación que le debió corresponder originalmente. Por lo mismo Machu Picchu debe ser el nombre que reemplazó a un topónimo primigenio del que no se conserva noticias. Aunque los pormenores del pasado de Machu Picchu tal vez jamás lleguen a ser aprehendidos del todo, los grandes rasgos de la historia de este monumento sí nos son conocidos. Sabemos, por ejemplo, a qué período del desarrollo de la civilización peruana ancestral corresponde: al Incario, a juzgar por las características que ostenta su arquitectura. En cuanto a su función, como ya quedó expuesto ésta puede ser explicada en el contexto de la condición en extremo limitada de los suelos cultivables que presenta el territorio, tanto en los Andes Cordilleranos como en los Andes Costeños. Partiendo de esta premisa, propusimos que Machu Picchu debería ser concebido como un importante centro de la administración de la producción agraria, a la par que del culto ahí profesado con el objeto de propiciarla; y que su construcción afloró bajo el impulso de un vasto proyecto dirigido en tiempos del Incario consistente en ampliar la frontera agraria en un sector de los Andes Amazónicos.




Machu Picchu seguirá concitando la admiración de futuras generaciones siempre y cuando los peruanos de hoy sepamos conservar sus vetustos muros, protegiéndolos de los fenómenos tectónicos adversos que presenta su subsuelo (Bouchard et al. 1992); así como también poniendo en marcha estrategias innovadoras que protejan esta joya arquitectónica del impacto que sobreviene con el turismo masivo que soporta.




El descubrimiento

Era el 24 de junio de 1911 cuando el norteamericano Hiram Bingham (1875-1956) descubría Machu Picchu, en una de sus jornadas por identificar la legendaria Vilcabamba; la “ciudad” que al producirse la invasión española habría servido de refugio a descendientes de los soberanos Incas que la convirtieron entre 1536 y 1572 en sede de su resistencia.
El hallazgo se produjo cuando Bingham se encontraba recorriendo el Cañón del Urubamba, deambulando por el desolado paraje de Mandorbamba. En este lugar debió buscar al campesino Melchor Arteaga, que debía certificarle lo que le había referido don Alberto Giesecke en el Cuzco acerca de la presencia de un extenso y conspicuo grupo de ruinas situadas en el cerro conocido como Machu Picchu. Bingham, deslumbrado por lo que le comentaba Arteaga le pidió que lo guiara al lugar, lo que consiguió a cambio de una modesta recompensa pecuniaria y de los esfuerzos personales que debió desplegar para vencer la escabrosa ladera cubierta de tupida vegetación que separa Mandorbamba de las ruinas. Pablito Álvarez, uno de los niños de las dos familias de campesinos que sembraban en algunos de los vetustos andenes, le vino al encuentro y lo condujo hasta el lugar donde asomaban imponentes los muros de Machu Picchu, por entonces semiocultos por la vegetación tropical. Bingham, al contemplarlos, entre atónito y emocionado vertía en su diario la siguiente frase: “would anyone believe what I have found...?” [¿quien podrá creerme lo que aquí he encontrado?]. Más de 30 años habían transcurrido desde que, guiado igualmente por rumores sobre su existencia, el ilustrado viajero Charles Wiener (1880) había tratado de alcanzar Machu Picchu.

La tradición acerca de una “ciudad perdida” situada en el cerro conocido como Machu Picchu, circulaba al parecer profusamente al llegar Bingham al Cuzco en 1911. El relato abundaba indicando que Agustín Lizárraga, más otros lugareños, habían accedido al sitio en 1902. También se afirmaba que aún antes de Lizárraga, ya en 1894, Luis Béjar Ugarte habría arribado a Machu Picchu; de haber sido este el caso, desprovisto de motivación científica al igual como los anteriores visitantes.


Se tiene por cierto que el gran propulsor de la educación universitaria y de la cultura en el Cuzco, don Alberto Giesecke (1885-1968), fue quien personalmente instruyó a Bingham acerca del itinerario a seguir: “antes de salir del Cuzco estuvo con frecuencia en mi casa”, refiere Giesecke (1961). El propio Giesecke apenas un año antes de arribar Bingham al Cuzco en 1911, había encaminado sus pasos a Machu Picchu entusiasmado por Braulio Polo y la Borda, uno de los dueños de la antigua hacienda Echarati. Juntos recorrieron el valle del Urubamba hasta llegar a Mandorbamba, al pie del cerro Machu Picchu. Aquí tomaron contacto con Melchor Arteaga, la persona que posteriormente habría de conducir a Bingham a las ruinas; empero las intensas lluvias impidieron a que Giesecke ascendiera en aquella ocasión al sitio y se convirtiera en su descubridor. No obstante los antecedentes que rodean el develamiento de Machu Picchu, éstos no menguan el rol que al respecto fue cumplido con brillo por Bingham. Nadie podrá, en efecto, regatearle su puesto de auténtico descubridor científico de Machu Picchu, ni olvidar que fue él quien realizó los primeros estudios e hizo mundialmente célebre el más preciado de los monumentos arqueológicos del Perú. Carl Haenel tampoco consiguió restarle méritos, al propagar en 1916 que el importante descubrimiento había sido realizado años antes de Bingham por el explorador Georg M. von Hassel; ni aún los devaneos que circulaban por entonces en la prensa europea en el sentido de que el verdadero descubridor de Machu Picchu habría sido el misionero inglés Thomas Ernest Payne (Buck 1993).

Luego de tan importante hallazgo Bingham retornó a Machu Picchu un año después, en 1912, y nuevamente en 1914-15; siempre al frente de expediciones auspiciadas por la Universidad de Yale de la que era docente, así como con el respaldo conjunto de aquella casa de estudios y de The National Geographic Society en las jornadas que siguieron a la descubridora de 1911. Lo acompañaban varios científicos norteamericanos que levantaron planos, describieron y analizaron restos óseos, y lo ayudaron a identificar nuevos testimonios arqueológicos en el área. En 1930 Bingham dio a estampa su obra cumbre sobre Machu Picchu, de la que más tarde publicó extractos en forma de libros populares que alcanzaron gran circulación y permitieron que el monumento cobrara celebridad mundial.

Excavaciones en diversos sectores de Machu Picchu, aunque no del todo profesionales, permitieron a que Bingham reuniera 555 piezas de cerámica, cerca de 220 artefactos de bronce, cobre y plata, más otros varios objetos. Entre las piezas de cerámica rescatadas figuran primorosas muestras del arte alfarero practicado en el Incario; especímenes de metal constituidos por brazaletes, tupus, orejeras, cuchillos y hachas, que igualmente evidencian el alto grado alcanzado por la metalurgia incaica. Entre los objetos excavados por entonces existe un conjunto de pequeñas placas discoidales, de piedra unas y otras de cerámica, cuya función aún no ha podido ser precisada.Una parte del material extraído por Bingham en Machu Picchu fue entregado al Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú; almacenado en grandes cajones su contenido sigue sin ser estudiado. La mayoría de los objetos tuvo como destino la Universidad de Yale, que aún los atesora.Antigüedad

Las características arquitectónicas que distinguen las construcciones de Machu Picchu son similares a las que presentan los testimonios del arte de construir en el Cuzco, la capital del Incario. También el material arqueológico reunido por Bingham es incuestionablemente incaico por su estilo. Puede, por lo mismo, afirmarse que la construcción de Machu Picchu se produjo durante el Incario Histórico, esto es al promediar el siglo XVI. En los tiempos en que gobernaba Pachacútec, según lo propuso inicialmente Luis E. Valcárcel (1964) y lo confirma el descubrimiento de referencias escritas que se remontan al siglo XVI (Glave y Remy 1983; Rowe 1990). La propuesta de José Gabriel Cosío, quien acompañó a Bingham en su jornada de 1912, de que Machu Picchu sería una construcción preincaica procedente de “una civilización quechua anterior a la dinastía de los Hijos del Sol...” y que este monumento habría sido ignorado aún en tiempos del Incario, es rechazada unánimemente como inverosímil.

Con todo, el suelo donde se levantan las ruinas de Machu Picchu bien pudo ser hoyado por el hombre desde remotos tiempos: a partir de hace unos 2000 años de acuerdo a restos de carbón de madera analizados mediante la técnica del radiocarbono (Berger, Chofhi, Valencia, Yépez y Fernández 1988). Este dato no cambia, empero, el hecho de que Machu Picchu sea obra incaica, ejecutada en el siglo XV como lo demuestran elocuentemente los patrones arquitectónicos que ostenta.

Al quedar, con la irrupción europea, desarticulada la estructura socio-económica y estatal del Incario, la ciudadela de Machu Picchu debió ya en el siglo XVI quedar abandonada a su suerte. Pero es de suponer que debió seguir permanentemente ocupada por unos cuantos campesinos, que atendiendo a lo apartado del sitio habrían morado en el lugar a sus anchas; tal como las dos familias que encontró Bingham en 1911 cuando accedió Machu Picchu. Por eso la aseveración de que en 1567 el sitio estaba ya despoblado, como se desprende de una carta de Titu Cusi Yupanqui publicada por Edmundo Guillén (1984), resulta ser correcta si se tiene en cuenta la ocupación informal del sitio a la que nos hemos referido.

Hallazgos de cuentas de vidrio así como de restos de cerámica de influencia española (Manuel Chávez Ballón / Inf. per. 1964), parecen testimoniar contactos primarios producidos por el rápido avance de las tradiciones europeas. De confirmarse que el “cáliz” de piedra oscura, de 45 cm de alto, proviene en efecto de Machu Picchu (Tord 1975, p.65), este artefacto pudo confeccionarlo algún artesano nativo siguiendo instrucciones precisas, y acaso haber sido utilizado en ritos cristianos oficiados sobre la banqueta presente en el Templo Principal de Machu Picchu empleada a modo de púlpito, de acuerdo a sugerencias de Manuel Chávez Ballón (Inf. per. 1964). Tal vez de si los 555 pequeños objetos discoidales excavados por Bingham, no sean otra cosa que remedos de monedas españolas.

En tiempos del Virreinato el área de Machu Picchu fue parte de la comprensión de la hacienda Sillque, perteneciente a la Orden de los Betlemitas. El que los encomenderos del siglo XVI se percataran que el valle del Urubamba próximo a Machu Picchu era de bajo rendimiento económico, como lo revela Rafael Varón Gabai (1993) basado en documentos que detectó en los años noventa, concuerda con la realidad: la estrechez del valle. Por otro lado las dificultades que significaba controlar la producción en zonas altas, apartadas y de difícil acceso, como las de Machu Picchu, debieron ser notables debido a la desarticulación que sufrió la estructura socio-económica incaica, por lo que debió descuidarse o abandonarse por entonces su explotación formal. Todavía en 1911 proseguía esta situación, cuando se produjo el descubrimiento científico y Machu Picchu era parte de la hacienda Cutija: en el lugar arqueológico moraban tan sólo dos familias de campesinos. Para ellos Machu Picchu carecía de historia y hasta el nombre que originalmente debió ostentar el más célebre conjunto arquitectónico del Perú había pasado al olvido.
Características Arquitectónicas


Las construcciones de Machu Picchu son básicamente de planta rectangular y de un solo piso. Frecuentes son los recintos levantados mediante sólo tres paredes, denominados masma(s) o huayrana(s): ¿una fórmula de airear comestibles para su preservación?. En algunas casos estas edificaciones presentan una pilastra ubicada en el centro de lo que sería la “pared ausente” -la del frontis de la construcción- y cuyo destino era sostener el techo en este sector. Hay huayrana(s) dobles, en las que la pared posterior actúa de medianera, dando lugar a la formación de una segunda huayrana que se proyecta por el lado opuesto. Las portadas observan forma trapezoidal y con frecuencia exhiben doble jamba, siguiendo en esto patrones arquitectónicos típicos del estilo inca. También las hornacinas exhiben corte trapezoidal, en las que acaso eran emplazadas ídolos, momias, u objetos varios. Los recintos carecían de ventanas, salvo excepcionalmente.

Al Sector Sagrado había acceso por una portada, abierta en la muralla que lo limita por el lado sur. Podría ser clausurada mediante un entramado de troncos, que era amarrado en el lado posterior del vano. Para sujetar la “puerta”, carente de bisagras, se recurría a amarrarla a una argolla, esculpida en una piedra que se ubica por encima del dintel; así como adicionalmente al soporte cilíndrico presente en sendas cajuelas talladas en sillares que se ubican en ambos costados de la puerta.

El techo era de dos caídas y estaba constituido por armazones de troncos de diverso calibre sujetados con cuerdas y cubiertos con paja de las alturas o ichu. Los muros laterales del recinto suelen elevarse hasta alcanzar la cumbrera: se trata de hastiales, empleados con frecuencia en las estructuras arquitectónicas de Machu Picchu. Los hastiales iban provistos de clavos líticos anclados y emplazados estratégicamente en los bordes, permitiendo amarrar con firmeza la cubierta.

En el caso de las huayrana(s) o estructuras compuestas de tres paredes, el techo era de una sola caída y se sostenía en la “pared faltante” gracias a una pilastra central.
La fuerte pendiente de los techos, debido al ángulo agudo que presentan los hastiales, permitía que se dispusiera de una azotea aireada, apropiada para la conservación del maíz y de otros comestibles sometidos a procedimientos de conservación. Todavía al presente en muchos caseríos cordilleranos las azoteas son destinadas a servir de graneros; se les denomina collca(s), nombre que equivale precisamente a almacén o depósito de alimentos. Al igual que en la actualidad, a las collca(s) de Machu Picchu debió accederse mediante una escalera que conducía a un forado presente en el piso de la azotea.

En cuanto a los sillares, había preferencia por el empleo del granito blanco. Bloques de este material eran reunidos en un lugar cercano a la construcción, halándoselos para el efecto con sogas y acaso deslizándoselos por senderos provistos de arcilla humedecida. Luego eran partidos mediante técnicas particulares, como lo testimonia el caso de un pedrón parcialmente trabajado y preparado para ser partido. Los sillares lucen cortes y pulimento obrados con precisión. Por lo regular observan una misma forma y tamaño, salvo los casos en los que el aparejo era levantado mediante piedras poligonales. En ocasiones se perciben diferencias entre uno y otro muro, en cuanto al acabado y tamaño de los sillares. Una herramienta importante del picapedrero fue el martillo de piedra diorita, y el de hematita o jihuaya que presenta excepcional dureza. El pulimento de los sillares debió lograrse por abrasión, utilizando para ello de arena humedecida. Ocasionalmente los muros eran enlucidos con barro.

Un ejemplo del alto grado de perfección alcanzado en el tallado y pulido de los sillares, lo constituye la pared lateral norte del Templo de las Tres Ventanas. Sus piedras, poligonales, han ido separándose unas de otras por acción tectónica. De manera tal que las rendijas producidas en el muro permiten verificar de cómo las piedras eran cortadas y pulidas con precisión no solamente en su cara anterior, sino también por sus cuatro costados: éstos presentan superficies cóncavas y convexas que empalman unas con otras con exactitud que pasma, lo que de resto daba una extraordinaria estabilidad al muro. Un muy sutil rompecabezas éste, que no tiene parangón en la arquitectura de más allá de las fronteras del Incario.

Para explicar el alto grado de perfeccionamiento alcanzado tanto en el tallado como en el pulido y ensamblado de las piedras, la imaginación popular creó la saga del kak'aqllu. El relato refiere que los secretos de los picapedreros de Machu Picchu jamás podrán ser sabidos, debido a que al ave kak'aqllu que los conocía le fue extirpada la lengua, a fin que enmudeciendo le fuera imposible transmitirlos a las futuras generaciones. También en un plano mágico, para explicar el pulcro acabado de los sillares, la tradición popular cuenta que antiguamente la piedra era “amasada” a discreción, en virtud de una misteriosa planta cuyas hojas tendrían propiedades disolventes. Aquella técnica habría sido descubierta al observar que ciertas aves picoteaban las misteriosas hojas sobre paredes rocosas con el fin de hacer agujeros donde anidar.

Según estimaba Manuel Chávez Ballón el plano de Machu Picchu imita aquel que presenta la ciudad del Cuzco.
Para Fernando Cabieses (1983) en la arquitectura de Machu Picchu se expresa la concepción andina de los “tres mundos”, a través de altares dedicados a los ámbitos de hanan (arriba), hurin (abajo) y cay (de acá). Víctor Angles (1972) advierte, por su parte, que el plano de Machu Picchu evoca la figura de un ave con las alas extendidas.

Zonas, espacios y grupos arquitectónicos


A Machu Picchu conduce uno de los caminos incaicos que partía del Cuzco, que se conserva prácticamente intacto a partir de Qoriwairachina (León et al. 2000). Al alcanzar el abra conocida actualmente con el nombre de Intipunco (“Apacheta”), se divisa Machu Picchu en toda su vastedad y esplendor al igual que la imponente topografía que rodea la ciudadela, cubierta por el manto que le impregna la vegetación tropical. Intipunco, distante un kilómetro de la ciudadela, debió ser una especie de garita de control.

El conjunto arquitectónico, próximo a los 2400 msnm., se extiende longitudinalmente por unos 800 metros sobre el accidentado suelo de una lomada que se desprende desde lo alto del cerro Machu Picchu. Una visión de conjunto permite reconocer a primera vista dos áreas, en atención a ciertas particularidades que las distinguen. Una corresponde a la denominada Zona Agraria, mientras que la otra es conocida como Zona Urbana.

La Zona Agraria es la más extensa de las dos, y como su nombre lo indica predominan en ella las áreas de cultivo. Debido a lo accidentado de la topografía, los campos están conformados por andenes o terrazas.

La Zona Urbana por su parte, se caracteriza por la presencia de recintos arquitectónicos y conjuntos de éstos, aunque también acusa algunas parcelas de cultivo en andén. En la Zona Urbana se distinguen dos sectores, los que están divididos por la Plaza Mayor: el Espacio Sagrado y el Espacio Residencial. En éstos se ubican diversos grupos arquitectónicos, cuyos límites no siempre aparecen definidos con precisión. No obstante las diferencias que saltan a la vista, tanto la Zona Urbana como la Zona Agraria participan de una atmósfera cargada de misticismo. Los andenes mismos, no tuvieron por función el sólo servir de áreas de cultivo: eran acicalados con esmero para honrar a la Diosa Tierra o Pachamama.


La Zona Agraria


Está constituida por andenes o terrazas de cultivo, esto es por escalones sucesivos emplazados en las laderas que permitían cultivar en la agreste topografía. Suelen alcanzar de alto hasta más de 4 metros. En ciertos sectores los muros que sostienen estos escalones agrarios, presentan piedras embutidas en fila y alineadas en diagonal. Al sobresalir de la pared, éstas permitían escalar las terrazas. Entre los comestibles allí cultivados debió destacar el maíz (Zea mays), que era el alimento de mayor consumo en el Perú ancestral. Por razones de altitud, el lugar impedía que prosperara la coca (Erythroxylon coca).
Aquellos andenes que exhiben una superficie de escasa profundidad, ubicados en los bordes de las laderas abruptas del Sector Urbano de Machu Picchu, como también en las escarpadas de Huayna Picchu, no debieron tener fines propiamente agrarios: su destino debió ser acicalar a la Pachamama y el evitar de paso deslizamientos en las temporadas de lluvia. La forma que acusan los andenes pudo ser lo que dio nacimiento al emblema caracterizado por una figura escalonada. El autor ha propuesto que con este signo se simbolizaba, en el antiguo Perú, a la Diosa Tierra o Pachamama en su condición de suelos de cultivo habilitados por el hombre y embellecidos para honrarla.

En la Zona Agraria se desplazan algunos grupos arquitectónicos, tales como las Casas de los Guardianes, la Callanca (“Barraca”, “Cuartel”) y el Puesto de Vigilancia. También el elemento pétreo escultórico denominado aquí la Roca de los Sacrificios (“Roca Funeraria”), así como la Necrópolis Superior (“Cementerio Superior”) que se ubica junto y hacia el Este de la Callanca.


La Zona Urbana


En la Zona Urbana se distinguen dos espacios: (1) el Espacio Residencial, y (2) el Espacio Sagrado. Éstos engloban diversos conjuntos de construcciones, calles, graderías que totalizan unos 3,000 peldaños, explanadas y un sistema de canales proveedores de agua elaborado en contextos de la pluviomagia.
El Espacio Sagrado y el Espacio Residencial, que conforman juntos la Zona Urbana, van separados por la Plaza Mayor. Los límites que divide la Zona Agraria de la Zona Urbana, son establecidos por el llamado Foso Seco.
Como es usual para el caso de Machu Picchu, los nombres que denominan los diversos conjuntos o grupos arquitectónicos de la Zona Urbana, son también convencionales y proceden en su gran mayoría de sugerencias expuestas por Bingham.

Espacio Sagrado se accede al Espacio Sagrado por el vano que se conoce como Portada de la Ciudad. A ésta conduce el camino incaico que parte del Cuzco y que luego de tocar Intipunco desciende para dirigirse a Machu Picchu. El Espacio Sagrado lo conforman diversos grupos arquitectónicos, entre los que destacan el Grupo de la Portada, el Adoratorio del Dios del Agua (“Torreón”), el Adoratorio de la Pachamama (situado al pie del “Torreón”), el Palacio Real, el Templo de las Tres Ventanas, el Templo Principal, y finalmente el Intihuatana que es lugar conspicuo del Espacio Sagrado.

En cuanto al Templo Principal, esta construcción la conforma una estructura de primoroso aparejo. Su plano corresponde al patrón conocido como masma o huayrana, y como tal está constituido por un recinto de sólo tres paredes. En el Templo Principal la pared central ocupa un ancho de 11 metros. Detrás y junto al Templo Principal se ubica la Cámara de los Ornamentos, con una de sus piedras que presenta 32 ángulos.

El Templo de las Tres Ventanas se levanta contiguo al Templo Principal. Fue considerado por Bingham como una edificación que evocaba el Tamputocco de la historia mítica de los incas: el lugar de las tres ventanas o tocco(s) desde donde habrían brotado los ancestros de la humanidad, y que de ser así deben interpretarse como vaginas simbólicas de la Pachamama o Diosa Tierra.

La planta del Adoratorio del Dios del Agua (“Torreón”) parece evocar el emblema más repetido del Dios del Agua: la cresta de ola (Kauffmann Doig 1991a, 2001b, 2001c). En el piso emerge una roca con retoques pero sin diseños específicos. Acaso ésta debía aludir a la Pachamama, y de ser así estaría circundada por el símbolo del Dios del Agua al que nos hemos referido. Atendiendo a la configuración que presenta este recinto, conformado por una cresta de ola, más que el nombre de “torreón” le podría corresponder el calificativo aquí empleado de Adoratorio del Dios del Agua.

El Adoratorio de la Pachamama, conocido tradicionalmente como la “Tumba Real” se ubica por debajo del peñón sobre el que va construido el Adoratorio del Dios del Agua. Lo conforma una gruta, cuyas paredes rocosas fueron enchapadas con piedras cuidadosamente talladas y pulidas; presentan algunas hornacinas. En la entrada a la gruta sobresale una escultura escalonada que se proyecta desde la pared. Atendiendo a que el diseño parece repetir el de las terrazas de cultivo, el autor ha propuesto que esta piedra figura el emblema de la Diosa Tierra o Pachamama. Esta circunstancia junto al hecho que se trata de una gruta (¿vulva de la Pachamama?), nos llevó a calificar a este recinto de Adoratorio de la Pachamama.

El conjunto más importante del Sector Sagrado es el denominado Intihuatana. Lo constituye una cresta rocosa tallada con superficies planas, que emerge en medio de una explanada. En un sector de esta mole y siendo parte de la misma, se proyecta verticalmente una escultura prismática. Acerca de esta piedra sacra que es la que recibe específicamente el nombre de Intihuatana, nos ocuparemos en sección aparte.

El Palacio Real (“Grupo Rey”) se ubica entre los adoratorios del Dios del Agua y de la Pachamama, colindando con la Escalinata Central, junto a la cual se desplazan Las Pacchas (“Fontanas”) con sus 16 cascadas de evidente función en los rituales dedicados al culto al agua. Otra de las graderías, la Escalinata Septentrional, desciende en dirección a la Plaza Mayor, explanada ésta que separa el Espacio Sagrado del Espacio Residencial.

Espacio Residencial


Presenta diversos grupos arquitectónicos, tales como el de Las Cárceles, Los Espejos de Agua (“Morteros”, “Barrio Industrial”), Las Tres Portadas, y el Grupo Alto. Asimismo el altar conformado por La Replica de los Apu(s), conocida también por “La Roca Sagrada” (Reinhard 1991, pp. 54-55; Valencia Zegarra 1977); la piedra que da nombre a este grupo reproduce la silueta de cimas cordilleranas, conocidas genéricamente con el nombre de Apu(s).
Los diversos grupos del Espacio Residencial, que incluye el que se da en llamar “Barrio Industrial”, podrían haber sido morada de los administradores tanto como de los oficiantes de las ceremonias; acaso también de las aclla(s) o “mujeres escogidas” encargadas de elaborar los tejidos finos y cuya función en la política diplomática del Incario era de importancia.

En el sector sur del Espacio Residencial se distinguen diversos conjuntos. Los situados en el extremo Sur se levantan sobre niveles diversos, como es el caso de los grupos Los Espejos de Agua y Las Cárceles.
A los conjuntos arquitectónicos citados están asociados sendos elementos escultóricos pétreos, a todas luces de función ritual. Tal el caso de la escultura tallada en la roca madre que presenta dos oquedades circulares, ubicada en un recinto del grupo que Bingham bautizó como Los Morteros; en atención precisamente a que consideró que los referidos pocitos habrían sido empleados para moler. Éstos debieron funcionar como espejos de agua, en contextos de la pluviomagia. La otra figura tallada en la roca que emerge en el suelo, se presenta en el grupo de Las Cárceles. Se estima que retrata a un “cóndor”, pero consideramos que esta escultura no representa a este animal sino más bien a un ave (¿de rapiña?) en actitud de beber de un recipiente de forma circular. Por su proximidad a la cabeza del ave y su figura redondeada viene siendo apreciado, erróneamente, como la gargantilla que exhiben los cóndores.

En un nivel más bajo al que ocupa el grupo de Los Espejos de Agua (“Los Morteros”) y colindando con el Foso Seco, se ubica el grupo de Las Cárceles, caracterizado por sus grutas angostas y húmedas calificadas popularmente de “calabozos”. En este conjunto destaca un enorme pedrón parcialmente coronado por mampostería, que da la sensación de ser una escultura gigantesca aunque difícil de definir en cuanto se refiere a lo que representa. El grupo de Las Cárceles presenta hornacinas de diferentes dimensiones. En un nivel inferior, están situadas las grutas a que hemos hecho referencia. Presentan talladas en la pared rocosa tres hornacinas, cada cual con capacidad para albergar a una persona en posición de sentado. Aquello sumado a ciertos dispositivos pétreos asociados a las hornacinas ha determinado que aflore la especulación de que estas cámaras se destinaban a suplicios; los mencionados dispositivos son interpretados como implementos destinados a sujetar fuertemente de los brazos a los condenados.

Relacionados a Machu Picchu, en sus alrededores se presentan diversos testimonios arqueológicos, tales como los del cerro de Huayna Picchu visibles desde Machu Picchu, los que comprenden el Templo de la Luna, así como el conformado por lo que se califica de Puente Levadizo. Seguidamente algunas particularidades sobre los mismos:
Huayna Picchu, que se traduce por “cima joven” o “cima menor”, es el nombre de una elevación rocosa que da frente a la ciudadela y que se eleva por unos 400 m por encima de la Plaza Mayor de Machu Picchu. Un empinado sendero que parte del lugar donde se ubica el grupo La Réplica de los Apu(s) o “Roca Sagrada”, conduce a la cúspide. Un tramo de este camino, está conformado por una escalinata de piedra que asciende casi verticalmente por más de 40 m. Las construcciones presentes en Huayna Picchu deben haber desempañado un importante rol en las esferas del culto. Entre éstas resalta un conjunto de pedrones labrados, que acaso correspondan a un adoratorio derruido o tal vez no terminado de construirse. En Huayna Picchu menudean las terrazas en miniatura; lo reducido de su superficie así como su presencia en lugares muy escarpados parecen indicar que su función primaria pudo ser el evitar deslizamientos.

Templo de la Luna (o Templo de la Pachamama)

El Templo de la Luna o de la Pachamama fue dado a conocer por Hermann Buse, autor de una minuciosa descripción de Machu Picchu (Buse 1961). Está conformado por varios grupos de construcciones, aunque de proporciones modestas. El más importante, situado sobre los 2,667 msnm, ocupa una gruta y fue levantado con piedras talladas y pulidas con especial esmero. La mampostería se reclina aquí sobre las paredes rocosas, como tapiándolas. En ésta destacan cinco hornacinas de doble jamba, a manera de “puertas ciegas”. En el sector superior se presentan otros testimonio pétreos pertenecientes al grupo que conforma el Templo de la Luna. Se trata de un recinto rectangular con tres entradas. A unos 100 m de distancia se encuentra una construcción más vinculada al sitio que nos ocupa. El Templo de la Luna se ubica en las abruptas laderas Norte de Huayna Picchu, lo que impide que se lo distinga desde Machu Picchu; el sector principal debió ser un lugar de culto de primer orden, acaso en honor a la Pachamama atendiendo a la gruta (¿simbólica vulva?) en la que se ubica. Dos senderos conducen al Templo de la Luna. Uno de éstos inicia su recorrido en las inmediaciones del grupo La Réplica de Apu(s) o “Roca Sagrada”. El otro parte de Huayna Picchu mismo y se desplaza bordeando su figura piramidal a lo largo de unos 2 km.

Puente Levadizo el Puente Levadizo se ubica a unos 2 km de la Portada que da acceso al Sector Sagrado de Machu Picchu. El camino hacia este sitio se dirige primero por una gradería que se desliza junto a la Callanca (“Tambo” o “Cuartel”) y termina por desembocar en un antiguo camino incaico, que es el que finalmente conduce al Puente Levadizo; luego de franquear el puente este sendero toma un rumbo que aún no ha sido precisado satisfactoriamente. El camino, en el punto donde se ubica el Puente Levadizo, se desliza a modo de un desfiladero por encima de un muro alto que se reclina sobre la pared de un farallón. El mentado puente está conformado por un trecho en el que el camino aparece interrumpido y que el precipicio impide cruzarlo de no estar cubierto por troncos. Éstos al ser retirados, cortan el paso. No se trata, por lo visto, de lo que con propiedad se califica de “puente levadizo”.

Opiniones diversas sobre lo que fue Machu Picchu

Son diversas las propuestas que tratan de explicar lo que fue Machu Picchu, siendo las de Bingham las inicialmente lanzadas. En atención a la presencia del suntuoso edificio dotado de tres amplios vanos y conocido como Templo de las Tres Ventanas, Bingham dedujo que la “ciudad perdida” de Machu Picchu pudo haber sido la cuna mítica de los gobernantes incas, esto es el legendario Tamputocco; algo que empero no ha sido comprobado y que más bien es puesto en tela de juicio. Posteriormente cambió de opinión y sostuvo que Machu Picchu podría corresponder más bien a la ciudad de Vilcabamba, con propiedad conocida como Vilcabamba La Vieja o Vilcabamba La Grande para distinguirla de la localidad del mismo nombre fundada por los españoles. Se estima que Vilcabamba La Vieja debió ser sede principal de la dinastía de los incas, de teórico mando, que presentó resistencia a la invasión española entre 1536 y 1572, desde Manco Inca hasta Túpac Amaru I. Es de consenso, sin embargo, que Machu Picchu no debió ser Vilcabamba La Vieja; sin que se haya dicho la última palabra, de acuerdo a exploraciones más recientes Vilcabamba La Vieja podría estar representada por las ruinas conocidas como Espíritu Pampa.

Para Luis E. Valcárcel Machu Picchu podría corresponder al sitio histórico de Pitcos, mencionado en la crónica del siglo XVI escrita por Baltasar de Ocampo Conejeros (Valcárcel 1964, pp. 88-91). Su hipótesis se fundamenta en las similitudes que presentan los vocablos “picchu” y “pitcos”, pero sobre todo en las noticias que proporciona Ocampo Conejeros al referirse a Pitcos. Valcárcel rechaza la posibilidad de que Machu Picchu corresponda a Vitcos, conjunto de administración y culto ubicado en las inmediaciones de Rosaspata, cerca a Pucyura, sitio sobre el cual se dispone de referencias concretas en cuanto a su posición geográfica (Angles 1972, pp. 151-155). John H. Rowe (1990) ha rescatado, por su parte, una referencia que alude a Picchu, aunque no en particular a las ruinas de Machu Picchu. Ésta acotación pasó inadvertida, no obstante que la crónica de Diego Rodríguez de Figueroa que la registra es conocida desde 1910; esto es, fue publicada después de casi cuatro siglos de haber sido redactada (Rodríguez de Figueroa 1556). Existen varias copias antiguas de un manuscrito del siglo XVI en el Archivo Departamental del Cuzco, en las que se alude asimismo al área donde se encuentra Machu Picchu (Glave y Remy 1983; Rowe 1990). Igualmente otro documento, también del siglo XVI, ubicado por John H. Rowe (1990) en el repositorio citado. Éste “contiene una lista de los terrenos de cultivo en toda la quebrada de Picchu”; como los anteriores escritos, tampoco este hace referencia explicita a las ruinas de Machu Picchu.

En torlno a quienes habrían sido los pobladores de Machu Picchu, Bingham era de la opinión que éstos habrían sido en su mayoría mujeres, en atención a la frecuencia abrumadora de restos óseos de individuos del sexo femenino, aflorados durante sus excavaciones. Dedujo de que se trataría de aclla(s), esto es de mujeres escogidas dedicadas al culto y a ejecutar sofisticadas labores manuales para el Estado. En efecto, de las 135 osamentas desenterradas en Machu Picchu 109 fueron catalogadas como pertenecientes a mujeres; sin embargo, para su comprobación, estos restos óseos deberían ser sometidos a un nuevo análisis. El material restante correspondería a 22 varones y a 4 niños. En otro momento, Bingham propuso que al presentarse los españoles en el Cuzco un grupo de matronas cuzqueñas habría determinado ocultarse en Machu Picchu. De haber sido así ¿a cuál de los dos contingentes humanos debería de asignarse el material óseo puesto al descubierto por Bingham y sus colaboradores?
Considerar a Machu Picchu como una “fortaleza” es tan sólo producto de una apreciación ligera. En el sentido estricto de la palabra tampoco debería ser calificado de “ciudad fortificada”: por más que exista una portada de acceso al Sector Sagrado y que ésta podía ser clausurada, que el Espacio Urbano vaya separado del Espacio Agrario por el llamado Foso Seco (todo menos que inexpugnable), y aún tomando en cuenta la existencia del tramo amurallado que se levanta en los límites meridionales de la ciudadela. En todo caso, de haber sido una ciudad fortificada tan sólo le correspondería este epíteto en un plano simbólico.

John H. Rowe (1990) ha sugerido que el conjunto arquitectónico de Machu Picchu debió construirse de acuerdo a planes estratégicos: para desde aquel lugar los inca(s) poder mantener en jaque a sus acérrimos enemigos los chanca(s). Aunque este grupo humano ciertamente ya había sido vencido por Pachacútec, según manifiesta Rowe los chanca(s) “no dejaron de representar una posible amenaza”. La hipótesis de Rowe podría ser aplicable más bien a Choquequirao, por el hecho de que este conjunto arquitectónico da frente al territorio que ocupaban los chanca(s); y por cuanto una poderosa cadena cordillerana conformada por picos nevados con altitudes que alcanzan hasta los 6.271 msnm., como es el caso del Salcantay, separa a Machu Picchu de Choquequirao y de esta manera también de los chanca(s).

El hecho de que Machu Picchu esté ubicado en territorio cordillerano-selvático, esto es en espacios correspondientes a la región de los Andes Amazónicos, ha dado pábulo a la suposición de que los incas construyeron Machu Picchu como puesto de avanzada, movidos por el temor de que los ch'uncho(s) o selvícolas pudieran intentar invadir alguna vez la capital del Incario. Pero los pobladores selváticos más próximos al Cuzco, organizados en tribus tales como las de los Pilcosoni(s) y Manarí(es), moraban lejos de la capital del Incario y lo que es de relevar ocupaban territorios situados en altitudes infinitamente inferiores a las del Cuzco: nada menos que en unos 3000 m. Por lo mismo se desplazaban en ambientes de condiciones climáticas muy distintas. Adicionalmente ayer como hoy, los “ch'uncho(s)” son dueños de una tradición cultural diferente a la de los andinos, caracterizada por sus formas simples debido a la impronta del medio que habitan.

Al ocupar los mitmaj cordilleranos espacios situados en los Andenes Amazónicos y sentar sus reales en Machu Picchu, es de suponer que hallaran la comarca deshabitada. Por lo menos de selvícolas, ya que la ciudadela se ubica próxima a los 2400 m de altitud, rodeada ciertamente de vegetación tropical pero de características muy distintas a los predios de los ch'uncho(s) que no suelen sobrepasar altitudes superiores a los 500 msnm. Atendiendo a lo expuesto es de suponer que las escenas representadas en vasos ceremoniales de madera, conocidos como quero(s), que rememoran acciones bélicas que tienen lugar en ambientes de flora y fauna tropicales, deben evocar incursiones incaicas en zonas de la Baja Amazonía; donde como quedó expuesto reinan condiciones ambientales distintas a las de Machu Picchu. En conclusión, el escenario de aquellos encuentros bélicos sostenidos entre combatientes incaicos y ch'uncho(s) provistos tan sólo de escudos y flechas, debe corresponder a zonas situadas en las estribaciones andinas próximas a la llanura amazónica que son las que con propiedad habitan las etnias selvícolas.

La estrecha relación mágico-religiosa que observa Machu Picchu con el imponente entorno geográfico que lo rodea, es materia en la que ha profundizado Johan Reinhard (1991). El citado antropólogo norteamericano llega a valiosas conclusiones al respecto, partiendo de la premisa de que el tema “de Machu Picchu puede ser entendido mejor si este monumento es analizado en el contexto de la topografía que lo rodea y que era tenida como sagrada”. Reinhard sustenta sus enunciados acerca del contenido mágico de la geografía, entretejiéndolos en consideraciones enmarcadas en la magia astronómica. Utiliza, con conocimiento de causa, además de la información antigua la etnográfica. Como parte de la explicación de su tesis, de situar a Machu Picchu en el centro de una “geografía sagrada”, Reinhard pondera la importancia que para los incas tenían las altas montañas como la de Salcantay (6,271 msnm); y lo que creemos es preciso destacar, señala que éstas eran consideradas entes “protectores y proveedores de la estabilidad económica”.

De un documento del siglo XVI identificado por Luis Miguel Glave y María Isabel Remy (1983), así como por John H. Rowe (1990), se desprende que Machu Picchu formaba parte de un extenso predio cuyo “propietario” habría sido el soberano Pachacútec. Esta referencia confirma la tradición por la cual en el antiguo Perú los soberanos difuntos seguían en “posesión” de sus palacios y tierras de cultivo, tema en el que ha ahondado María Rostworowski (1963). Sus “bienes” pasaban, ciertamente, al cuidado de sus descendientes (panaca), con excepción de aquellos constituidos por prendas personales y pertenencias emblemáticas que se constituían en el ajuar de la momia del finado regio. La “posesión” de predios en vida, debió entre los soberanos incas contener visos simbólicos no fáciles de comprender desde la mira del pensamiento occidental. En efecto ¿con quién habría podido comercializar Pachacútec toda la masa de “mercancías” que producían sus “haciendas”?.

Volviendo al tema sobre la función que habría desempeñado Machu Picchu, ya en el primer capítulo del presente estudio el autor expuso diversos argumentos suyos sobre el particular. Planteó, en resumen, que la función de Machu Picchu tanto como la de los conjuntos arquitectónicos aledaños debió ser la de fungir como centros de la producción de los alimentos y del culto que debía respaldarla; dedujo que los rituales eran dirigidos a honrar al Dios del Agua andino materializado en los Apu(s) o altas cumbres, al igual que a la Diosa Tierra o Pachamama; planteó que los comestibles eran estimados como productos del connubio virtual sostenido entre aquella pareja divina: al empapar el agua los suelos cultivables. Asimismo quedó planteada la posibilidad de que la ciudadela de Machu Picchu fuera construida en el marco de un gran proyecto agrario puesto en práctica durante el Incario con miras a ampliar la frontera agrícola en zonas de los Andes Amazónicos, y que éste fue promovido por el rápido y sostenido aumento poblacional en que se vivía. Al tratar de la Diosa Tierra quedó expuesto que las terrazas de cultivo construidas pulcramente, eran acicaladas por cuanto esto constituía una forma de honrar a la Pachamama o Diosa Tierra, la donante directa de los alimentos; y, finalmente, que el emblema escalonado debe simbolizar a la Pachamama por cuanto se inspira en el trazo que acusan los andenes que personifican precisamente a la Pachamama.

En cuanto a los excedentes obtenidos o que se esperaba reunir, éstos sólo pudieron haber tenido como destino su evacuación a zonas cordilleranas: en primer término al mismo Cuzco para su distribución de acuerdo a las normas que al respecto regían en el Incario. Que el proyecto agrario para el que debió ser construido Machu Picchu fracasara o que por el contrario diera resultados óptimos, es tema después de todo secundario frente la concepción misma del ambicioso experimento: su puesta en marcha y su afloración como una estrategia más concebida para luchar contra el hambre. Las estimaciones de Alfredo Valencia y Arminda Gibaja (Cif. Frost 1995, p.23), acerca de lo que podría haber producido el sitio de Machu Picchu, no son halagadoras: tan sólo habría alcanzado a cubrir la alimentación de 300 personas. Al respecto es de tomar en cuenta que la andenería de Machu Picchu se extiende también por los alrededores, en parte todavía sepultada por la densa vegetación tropical (Astete y Orellana 1988). Sobre el tema debe ponderarse, también, que Machu Picchu no era un caso aislado del experimento agrario en mención. Formaba parte de un vasto programa que incluía otros centros comarcanos, destinados asimismo a la administración de la producción de los alimentos y al culto que debía propiciarla. Se debe considerar igualmente, en esta discusión, que en centros agro-cultistas aledaños a Machu Picchu tales como los de Huiñayhuayna o Intipata, las áreas dedicadas al cultivo son superiores en extensión a las llamadas “zonas urbanas”. Los cálculos de Ann Kendall se ajustan a la hipótesis propuesta acerca de que Machu Picchu y los demás centros administrativos de la producción agrícola de la comarca, sí debieron ofrecer excedentes. En efecto, la antropóloga inglesa opina que “la zona era gran exportadora de alimentos, con capacidad para alimentar a unas 100,000 personas por año”, según una acotación consignada por Antonio Zapata Velasco (1999). De ser así, aquello confirmaría el planteamiento divulgado por el autor, hasta en medios periodísticos, acerca de que prácticamente todos los conjuntos arqueológicos prehispánicos monumentales, desde los remotos tiempos precerámicos hace 4.000 años como los de Las Aldas y Caral, por ejemplo, e igualmente los posteriores como Kuélap, tuvieron función dual: de servir de centros de control de la administración de la producción agraria tanto como del culto y rituales que debían propiciar las cosechas esperadas. Es por lo expuesto que venimos sosteniendo que los rituales mismos deben de considerarse como una “estrategia agraria” más, sui generis, que se sumaba a las de orden técnico.

Las acciones mágico-religiosas estaban encaminadas a honrar a la Diosa Tierra o Pachamama, para ganar sus favores. Pero éstas eran dirigidas especialmente al Dios del Agua, personificado en las altas cumbres andinas o Apu(s), que era el ente que la activaba. Aquello lo comprueba la información etnográfica, pero también algunas representaciones en cerámica Moche anteriores en mil años al Incario, en las que el Dios del Agua en su modalidad de Ai-apaec aparece yuxtapuesto a picos montañosos. Por lo mismo que los Apu(s) en los que se materializa el Dios del Agua, ejercen el control sobre los fenómenos atmosféricos como ya lo ha advertido Reinhard (1991), es de tomar en cuenta que de ellos se hacía depender el bienestar que se deriva de un sustento satisfactorio; al presente se suman peticiones de orden mercantilista en las peregrinaciones a los Apu(s), como al de Ausangate (a 6.384 msnm) por ejemplo durante la celebración cristiano-andina del Q'ollur Ritti. Aunque parezca una herejía decirlo, los seres míticos más conspicuos del panteón andino de los que hay referencias en las crónicas, muestran ser poseedores de los mismos poderes de donantes del sustento, en virtud del agua que está bajo su control. Por lo mismo, en el fondo, estos entes no deberían ser considerados como seres divinos distintos, sino como versiones míticas del ente que calificamos de Dios del Agua andino. Nos referimos a Huiracocha, al Sol (Inti-illapa o Inti, simplemente), a Atagujo-Catequil, a Pariacaca-Cuniraya, a Yaro, a Pachacámac, etc., todos por igual personificaciones del Dios del Agua andino.

Si se tiene en cuenta que los constructores de Machu Picchu eran cordilleranos y por lo tanto ligados a la tradición mágico-religiosa que ponderaba al Dios del Agua como su ente divino más conspicuo, debido a su poder sobre los vaivenes atmosféricos, no es de extrañar que trasladaran al nuevo medio sus rituales tradicionales de raíces andinas milenarias. Aún a Machu Picchu donde las lluvias son abundantes y regulares: hasta tal vez por el hecho mismo que este monumento se ubica en un ambiente de precipitaciones torrenciales casi permanentes, que está rodeado por una topografía imponente que incita a que en ella el mundo de las creencias florezca, así como debido a que la comarca vilcabambina pudo haberse considerado como situada en un punto especialmente propicio para realizar el culto dirigido a estimular la fecundidad de la tierra; sin que aquello significara desestimar lo práctico, esto es que la frontera agraria ampliada a aquella región dejara de ser apetecida para su explotación como granero.
Aquellos lugares de carácter eminentemente sagrados presentes en el propio Machu Picchu, tales como el Intihuatana, el Santuario del Dios del Agua (“Torreón”), el Santuario de la Pachamama (“Tumba Real”), Las Pacchas (“fontanas”), etc., ponen de manifiesto el intenso culto en favor de la producción de los alimentos que ahí se practicaba.

El Intihuatana y el mito de la ilusión de extender el día

En la cima del Sector Sagrado se encuentra el Intihuatana, sin duda un adoratorio de máxima importancia. Se trata de una gran escultura tallada en una afloración rocosa que destaca en medio de una explanada. Ésta se caracteriza por acusar diversos escalones cortados y pulidos con esmero, y por cuanto en un sector de la misma se presenta una pilastra prismática que apunta al cielo. En particular es éste el elemento que recibe el calificativo de Intihuatana. En los bordes de la explanada que rodea la escultura se aprecian grandes losas, alguna de las cuales se han desplazado de su sitio con el correr del tiempo.

La palabra intihuatana se traduce como “amarrar al Sol” o lugar donde “el Sol es atado”. Atendiendo a su etimología que alude al elemento solar (inti), se estima que el Intihuatana de Machu Picchu pudo cumplir un rol vinculado a la astronomía. Entre los diversos puntos de vista esgrimidos al respecto, se estima que pudo ser observatorio solar que habría permitido calcular por lo menos los solsticios. Atendiendo a las sombras que proyecta la piedra, no faltan quienes hasta insisten en señalar su condición de “reloj”. La función astronómica que se le atribuye debió, en todo caso, ser de orden mágico. El alineamiento que presenta la escultura en referencia con “montañas sagradas”, es un tema que es resaltado por Johan Reinhard (1991).

Fue Bingham quien dio el nombre de Intihuatana a la misteriosa pilastra presente en Machu Picchu, por cuanto con esta denominación se conocían ya otras piedras enhiestas y en alguna forma similares; como la de Pisac por ejemplo, que E. George Squier (1877) dibujó y nombró como tal en su libro. Según indica John H. Rowe (1946), si bien intihuatana es una palabra quechua, ésta no aparece registrada más que a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en una de las obras de Clements R. Markham (Cif. Reinhard 1991, p.48). Sin embargo el término intihuatana tanto como la acción que le es propia, de “amarrar al Sol”, deben arrastrar antigua data y haber estado en uso desde tiempos acaso anteriores al Incario. Lo dicho parece comprobarlo un mito todavía vigente, tanto en cuanto al argumento a que hace alusión como al espacio central que le dedica a resaltar aquella ilusión del hombre de “amarrar al Sol” (o intihuatana) con el fin de disponer de los comestibles indispensables.

Con variantes de segundo orden, este mito pervive en Ayacucho, Apurímac y Arequipa, departamentos donde fue recogido personalmente por el autor (*). También en una versión del mito de Inkarrí, registrada por Alejandro Ortiz Rescanier (1973), se alude al relato del intihuatana. En éste se señala escuetamente que Inkarrí “amarró el Sol para que el tiempo durara”, pero no se da explicación del porqué de esta estratagema; en este caso, evidentemente con la finalidad de sólo dar cabida a resaltar el poder sobrenatural que poseía Inkarrí.

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