lunes, 19 de octubre de 2009

La condición humana

or Alicia de Arteaga
De la Redacción de LA NACION

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Domingo 24 de junio de 2007 | Publicado en edición impresa

Era un récord anunciado. Que Lucien Freud, artista que con Bacon y Turner integra el parnaso del arte británico de todos los tiempos, se convirtiera en el pintor vivo más caro del mundo tiene la lógica de la consagración de la pintura hecha carne en la obra de un hombre de mirada de hielo que pinta desnudos, animales, paisajes y retratos. Lo que nadie imaginaba era que sólo 24 horas más tarde el niño terrible del YBA (Young British Art), famoso por los tiburones embalsamados, por la campaña de marketing orquestada en su nombre por el publicista Charles Saatchi y por haber hecho de los fármacos la materia de su obra, arrebatara el récord con una estantería decorada con pastillas de todos los colores.

La instalación forma parte de una serie consagrada y legitimada por museos y curadores. Es la pieza de resistencia de las ferias y encierra la clave de lo que Demian Hirst ha llamado New Religion, en alusión, despiadada y obscena, a la veneración que Occidente rinde a la industria farmacéutica, negocio fabuloso, capaz de modelar la naturaleza humana bajo otras forma de dependencia.

En un punto, Lucien Freud, nieto del padre del psicoanálisis y padre de Bella, diseñadora de modas, y Demian Hirst tienen su punto de encuentro. Están hablando de lo mismo de distinta manera. La condición humana: desde la violencia gestual de la pintura y desde la fría ferocidad del arte conceptual. Los límites, la precariedad de la existencia, el paso del tiempo, la vida y la muerte: sobre todo la vida y la muerte.

En Venecia, el nombre de Demian Hirst estuvo en boca del público enterado. No integró el seleccionado del curador Storr, ni ocupó el imperial pabellón de Gran Bretaña, que domina la avenida Harald Szeemann en los Giardini, pero su muestra en el Palazzo Papafava, difícil de encontrar como casi todo en el laberinto veneciano, era motivo de peregrinación entre los iniciados.

Esa mente brillante, profeta ateo de una nueva religión, encerró su nombre en un juego de marcas asociado con el laboratorio más famoso. Los peregrinos rendidos al nuevo culto pagaron por su obra 19 millones de dólares.

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